spook

Lo admito. Yo, Raúl Llibrer, creador del planeta Tierr…que diga de Planet Fallas, soy un nostálgico, un amante de lo melancólico, un apasionado de la buena música, entre otras cosas. Y esa pasión se debe, en gran parte, a los temazos que se escuchaban por aquel entonces en los 80 y 90…y en particular a los temazos del llamado Sonido Valencia (nada que ver con makinetos, bakalao, ni nada que se le parezca).

Pero para todos aquellos que hemos disfrutado o disfrutamos del Sonido Valencia de los 80 y 90, estamos de enhorabuena. Este año, la comisión de Rubén Darío-Fray Luis Colomer (de la mano de su artista Vicente M. Maldonado, impulsor de la idea) rendirá homenaje a la que, por aquel entonces, era una de las reinas en el mundo de ocio de la Valencia nocturna, la mítica Spook Factory, que contará con una escena en dicha comisión. Para la idea, Vicente M. Maldonado (más conocido como «Cordfoc») se ha asesorado de Félix Gabaldón, Fernando Albea (idea y diseño) y Daniel Sanchez Parejo (guión y crítica).

Pero, ¿sabéis lo que era esta movida, no tan mediática como la madrileña pero cuanto menos igual de relevante? Vamos a ello.

La sala cumple 30 años desde su apertura en 1984, la cual se convirtió en un claro referente de la «Movida Valencia»  (mal llamada posteriormente «Ruta del Bakalao» o «Ruta Destroy»),un movimiento sociocultural sin precedentes en España, donde miles de españoles vivieron momentos inolvidables y disfrutaban de los albores de la democracia. Sonidos de importación, culto al baile, looks elegantes y estridentes a la par heredados de la era punk. Este movimiento fue mucho más que una fiesta superlativa. La moda, el diseño, la música…Valencia se abría a sonidos no convencionales y muchos grupos extranjeros elegían la capital del Turia para iniciar sus giras españolas.

Desde el guitarreo británico hasta la música electrónica y la ‘mákina’, pasando por el pop-rock de Immaculate Fools, Simple Minds (que visitaban la ciudad asiduamente), Psychedelic Furs, The SmithsStray Cats y grupos alternativos por aquel entonces como Depeche Mode, U2 y The Cure.

Podríamos decir que todo empezó en una sala llamada Barraca, que abrió sus puertas en la década de los setenta en una de las típicas construcciones valencianas de madera, cañas y barro, y que fue una de las primeras salas de España en las que aparecieron las drag-queens. Enterrada la fiebre del sábado noche, la ‘Faraona’, el sonido Valencia y la música barraquera estallaron al tiempo que nacía el nuevo fenómeno.

Nuevas salas empezaron a brotar en los alrededores de la capital del Turia para dar vida a la Ruta. A 200 metros de Barraca, en un antiguo almacén de arroz, abrió Chocolate, con los sonidos siniestros de Art of Noise, Sisters of Mercy, Anne Clark o Bauhaus, pinchados por Toni ‘El gitano’. Más cerca de Valencia, en Pinedo, sobre los cimientos de San Francisco, nació Spook Factory, donde Juanito Torpedo servía una música a caballo entre Barraca y Chocolate hasta que llegó Fran Leaners y su gran técnica en las mezclas, que convirtió a Spook en leyenda. Restos de guitarra, techno, mákina y grupos como Front 242, A Split Second o Nitzer Ebb convivían en la factoría de Pinedo.

Dos años más tarde explotaron otras dos salas míticas. Puzzle, la más moderna y estética de las discotecas de la (insisto) mal llamada Ruta Destroy, y Espiral (si, el famoso tema Espiral de Dunne, para mí uno de los mejores temas de los 90 sin duda, viene de esta mítica sala) que saltó a la fama de la mano de Jesús Brisa en L’Eliana, apartada del recorrido litoral de los ruteros. La Movida Valenciana vivía su esplendor entre mediados de los ochenta y comienzos de los noventa.

Nuevas salas como Templo, Arsenal, Heaven, Zona, ACTV o NOD, disc-jockeys como Vicente Mafia, Luis Bonías, Kike Jaén, Arturo Roger, Josel, Manolo el ‘Machaca’ o Chimo Bayo, emisoras piratas como Radio Klara y la cultura del parking (versión refinada del actual botellón), sembraron el origen nacional de lo que hoy se conoce como ‘Clubbing’, forma de vida nocturna concebida en Manchester a principios de los ochenta. Discotecas como ACTV y NOD recogían a la gente que salía de Barraca, Chocolate, Puzzle o Espiral. Las sesiones de ACTV, en la playa de la capital valenciana, se prolongaban hasta las siete de la mañana del lunes, y la fiesta aún podía continuar en salas como Zona, que invitaba a empezar la semana de la misma forma que se acababa.

Todos los que vivieron aquella mítica «Movida o Ruta» anhelan una época de culto a la música, un momento histórico que no volverá. Estos jóvenes de antaño, hoy cuarentones, contactan en grupos de Facebook y se juntan los fines de semana en algún local de copas en el que pueden escuchar temas selectos. No les basta con una rareza de The Cult, por ejemplo; buscan la edición especial de la rareza, sólo editada al otro lado del charco.

La fiesta ya no es lo que era. Las discotecas regalan consoladores y condones, operaciones de pecho y bonos de estética para a traer a los jóvenes, los ayuntamientos debaten en sesión plenaria la instalación de botellódromos en terreno municipal y las ZAS se imponen a los intereses de los hosteleros nocturnos, que no tienen una ruta a la que emigrar. El culto a la música ha dado paso al culto al cuerpo.